

Altagracia Kubinyi
Santa Rosa de Viterbo, Boyacá, Colombia. La vida y la felicidad se compone de momentos; así que decidí hacer un rincón especial para seguir creando memorias. Me bajé de un avión para disfrutar del clima variado de Bogotá que se llena de belleza y esplendor con la solidaridad y gentileza de sus habitantes.
El transporte rápido y organizado atrajo mi atención. En mi viaje, con destino a recibir el abrazo de Antonia Peña, y llenarme de su energía hasta su regreso conocí un pueblo inundado de vida y magia.
Cuando llegas, te llenas de ilusión. Regresas a tus orígenes y te das cuenta que la vida siempre ha sido simple, y que hay tanta belleza en lo sencillo. Disfrutas con intensidad enredarte entre la hierba de las montañas verdes, y te refrescas con el aire natural que limpia los pulmones intoxicados por el monóxido de carbono de la ciudad.
Entre las tantas riquezas encontradas de flora, fauna y encanto de la gente. Fue un regalo conocer los orígenes de alguien a quien se admira, un ser humano que representa la raíz de la humildad. Antonia es simple, siempre está dispuesta a ayudar, y todo lo hace en silencio, representando la paz que hay entre las venas ecológicas de Santa Rosa de Viterbo. El alma de Peña se conjuga con la calidez paradisiaca del grandioso pueblo de Boyacá.

Esta tierra es cuna de grandes líderes de la historia colombiana. En Santa Rosa de Viterbo nació Francisca «Pancha» Rodríguez, quien fue una líder campesina y defensora de los derechos de las comunidades rurales durante el siglo XX y Antonia Peña, quien enarbola la lucha contra las injusticias laborales de las Trabajadoras del Hogar de Estados Unidos y del mundo. Ambas nacieron entre las montañas hermosas de este jardín de esperanza, también Rosalba, que da un sentido impresionante de compromiso y amor por el campo, y su nobleza no tiene límites. Ella es de esas líderes almas silenciosas que se entran en nuestros corazones para habitarlo por siempre.
Yo, con mi mochila morada y un par de piezas de ropa, sigo firme en mi meta de ver a Antonia, porque tengo un mes sin disfrutar de su energía y buenos consejos. A mi me motiva el arte, las montañas y lo simple, pero la gente de buen corazón llena de alegría, los chéveres siempre hacen falta, se extraña, y más en un país como Estados Unidos, donde las personas se olvidan del ser en su guerra de sobrevivir.
Así fue mi aventura desde el Aeropuerto
Al llegar a Bogotá, hice una parada para ver a mi amiga Laura, a quien conocí desde el año 2022, cuando éramos niñeras en Maryland, Estados Unidos. Es bueno dejar huellas en las personas para que siempre quieran verte.
La gente es el regalo más importante, y cuando tenemos el valioso poder de conocer gente bonita, hay que mantener esa conexión. Llegando, Laura y yo nos enviamos mensajes por WhatsApp, ella me instruye para tomar “ La Alimentadora”, un colectivo(guagua) gratis que te lleva al Transmilenio con destino a la Parada del Portal Dorado.
A las 1:40 p.m, tomó la alimentadora con el código 1642, frente al aeropuerto. El bus es amplio y está lleno de parceros y parceras. Siento que estoy en República Dominicana, mi tierra.
Dentro de la guagua, tienes una experiencia de frente con la amabilidad y las atenciones de las personas. Yo, con mi mochila en la espalda paso desapercibida entre la multitud, una dominicana que se viste de cultura colombiana, se agarra fuerte en el bus y continúa a la parada que viene.

Xiomara, mi nueva conocida del bus me asiste para ir al siguiente tramo y ver a Laura. La joven amable se percató de que no tenía la tarjeta y, cargada de solidaridad se convirtió en mi guía turística de los siguientes minutos.
A la parada llega Laura. Nos dimos los abrazos que nos debíamos desde hace dos años. Recordamos cuando la vida nos juntó, al hacer la esencial labor del trabajo del hogar; nos convertimos en amigas y ahora en familia. Ella acomodó su agenda para darme un baño de pueblo. Disfruté de las deliciosa sopa de “menudencia” y unas tortillas Colombianas.
Camino a Santa Rosa de Viterbo disfruté de los paisajes imperdibles. La similitud de mi viaje y las conversaciones durante el paseo. Allí, las personas son “Berraca” para criar a su familia, tienen hábitos tan increíbles de trabajar la tierra, estimular la economía local familiar y todos se conocen. Es un pueblo parecido a El Flaire, comunidad donde crecí, justamente en la parte del arroyo donde hay tantas memorias de amor para mi.
Llegar a Santa Rosa de Viterbo fue revitalizarme, confirmar que la vida es simple y, que se necesita de poco para disfrutar de la paz, aunque la globalización promueve en el mundo la gran mentira de la riqueza material que pone a las personas a pelearse por cosas que no van a trascender, que se quedarán después del irremediable adiós.

Yo me tomo mi jugo de aguapanelas, el delicioso chocolate y el cafecito mañanero. A seguir cuidando este paraíso, siento que conocía esta tierra antes de llegar a través de Antonia y los valores que ella defiende. En su alma destila la pureza de su amor por la naturaleza y el campo y la esencia de las cosas.
La familia de Antonia es una fuente de inspiración, en cada espacio que vas, te das cuenta que viven, disfrutan y construyen eso que se llama familia. Me encantó este viaje, conocerlos fue una de mis partes favoritas. Las ocurencias de Maxochitl fueron parte de la magia, juega, disfruta de cada momento y vive feliz, como merecemos tod@s.
Cuando uno llega a un lugar que le gusta, regresa. Hasta pronto Colombia, hasta pronto Santa Rosa de Viterbo. Y hasta pronto tierra llena de vida y paisajes perfectos, dibujados por el arte increíble de la naturaleza.
Ya saben, si van a la tierra de Antonia, desen un paseo por los hermosos campos.
