Verónica Valerio contreras.

Un pueblo escondido en la cima, donde las montañas arropan sus pueblos, manos de obra campesina en busca de alimento y sustento.

Gente que da entrada al inicio del sol por las madrugadas oscuras con café en mano entre lo dulce y lo amargo, cantando cánticos por la carretera difícil de andar.

Con su conuco en mano para recoger granos de café, llenos de alegría iban su Merced y los compas.

El sol que nace radiante lleno de esperanza, la piel de cuero donde sobrelleva cualquier clima y así es su día a día con alegría en los rostros más bonitos que he conocido.

Las horas y los días van, marcan los años y los siglos y esas personas allá en el campo son fiel a sus tierras trabajadas por sus propias manos de humildad, donde los terrenos no están en venta.

Testigos de los mejores atardeceres, ríos y lagos cristalinos y vivos como la sonrisa reflejada en cada uno de sus rostros, el viejo Toño allá siempre decía “no sabría contestar y en las reglas del amor nunca dividas, adiciona, nunca restes mejor multiplica y verás el resultado de estas sabias palabras”.

Kankunapa aquí se respira lucha, trabajo bruto, pero con mucho orgullo, todo se comparte todo lo que es mío es suyo.

En el campo se siembran pequeños pasos para cosechar un futuro de alegría y esperanza.

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